Algo Radicalmente pasajero

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por Joaquín Barrera

Un silencio abrumador baña las paredes de un lugar que no es ningún espacio en particular.
Todo se vuelve denso y hostil.

No hay nada o puede ser que haya todo. El tiempo es una duda y ese axioma se repite indefinidamente. A veces pareciera que va a llover, y otras que el sol lo devorará todo, tomándose las sombras a su paso y fundiéndolas en un abrazo cálido con un espectador anónimo. Afuera no importa. Todo el aliento está suspendido en el aire.

Como si tuviese el poder de detener el tiempo, Charly Galuppo desarma pedazos suyos para jugar —con precisión mecánica— a ponernos en una posición de incomodidad frente a la imagen. El juego es a contrarreloj y en un abrir y cerrar de ojos aparecemos en la intimidad del hábitat de su taller, un lugar cálido y sombrío que también es el reservorio de sus dudas y ambiciones personalísimas.

La operación es repetida una y otra vez como una pregunta sin respuesta ¿Qué hay adentro? ¿De qué color es la densidad de un cuerpo? ¿Cuánto vale el tiempo? ¿Qué olor tienen esos segundos de concupiscencia? ¿Somos capaces de construir un relato sobre nuestro entorno inmediato? ¿Cómo habitamos el silencio? ¿Cuáles son todas nuestras pieles y cómo las cubrimos de la inclemencia?

Siento que voy a desvanecerme en un lugar que me es ajeno. No me encuentro y los segundos se dilatan y pierden presencia. El hoy ya no me pertenece y creo que el ayer tampoco. No tengo fe en el mañana y vuelvo al mismo punto desde el que partí. Y no es un acto pesimista, sino una revelación de la inmediatez del ahora. Nunca más será tarde porque hoy armo y desarmo en partes iguales mi cuerpo, mi lugar y mi tiempo. Soy un pedazo de un todo que muta, como una fruta madura, a un nuevo estado de consciencia.

La imagen nos devuelve a un estado de quietud, y aunque todo se mueva en el trabajo de Galuppo, al mismo tiempo hay un recorte preciso del momento y una fugacidad abrumadora en el instante sereno. La contemplación no es ingenua, sino detenida y requisitoria y los ojos del artista están puestos en el espectador, que es el destinatario del voyeurismo objetual y corpóreo. A veces también parece que es un acto de amor, como sí quisiera regalarnos un pedazo de lo que le pertenece, así como la historia del arte constituyó a la pintura como una ventana al mundo. El recurso no es el mismo, pero el discurso sí y lo erige a partir de la desfragmentación en partículas carnales de la latente tensión del viejo dilema espacio-tiempo.

Giro en falso, repto e intento acariciar lo que alguna vez me perteneció. Miro detenidamente cada una de esas cosas que siempre me nublaron los ojos y las llenaron de agua salada que brotaban hacia adentro. Mi mano siempre está a una prudente distancia y pareciera no querer acercarse lo suficiente. Algo radicalmente pasajero me paraliza y no sé que es. No me atrevo a salir porque no sé si podré volver. Dudo pero decido avanzar y dejo que el tiempo se detenga otra vez ante mí, pero lo veo huir fugitivamente, exasperado y feroz y me quedo pensando que es el presente, que siempre se me escapa de las manos.

—Joaquín Barrera, 2019

Galería El Mirador

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